miércoles, marzo 21, 2007

El cobijo de tus besos


Era una mañana más, de las que nacen grises amenazando presagios de lluvias lejanas que más tarde se harían realidad. Una mañana destinada a ser observada tras el cristal de una ventana bajo las mantas de una cama. Sin embargo allí estaba yo, en el coche desafiante entre un mar de viento y agua. Las carreteras eran ríos donde los pocos coches nos cruzábamos inmersos en un temporal desapacible.

Y tras navegar por aquella autopista llegamos a un pequeño pueblo donde nadie se atrevía aún a probar la lluvia a esas horas, un pequeño rincón apartado de la ciudad, alejado del ruido y en silencio, como duermen las flores.

Seguí mi camino en mi pequeño refugio de cuatro ruedas, con los cristales empañados y los granizos repiqueteando con insistencia el exterior del coche. Era una mañana sin sol alguno, pero sí con algún que otro claro entre tanta nube de ceniza, en especial dos personas que me iluminarían bajo ese cielo gris.

Las calles desnudas me llevaron hasta vosotros, hasta ese semáforo donde nunca pasa nada especial, solo la monotonia del tiempo. Pero hoy no, hoy aquel semáforo separaba algo más que dos calles, separaba dos corazones y dos miradas.

A un lado ella, morena de rostro angelical, protegida por un paraguas que sudaba gotas de lluvia para no ser vencido por la fuerza del viento. Su sonrisa y su mirada me hizo dirigir mis ojos a la otra acera mientras el semáforo me daba derecho a ser testigo del único rayo de sol de toda la mañana. Enfrente a ella un hombre de piel morena se apróximaba al borde de la acera, con las manos en los bolsillos de una gastada gabardina gris y los hombros encogidos desafiando así a la lluvia. Pero aun así aquel tipo conservaba la sonrisa, sobretodo porque allí estaba ella, esperándole.

Pasó aquel hombre por delante de mis ojos entre mil gotas de lluvia en busca de aquella mujer que seguía inmovil bajo la lluvia, como esas estatuas de mármol, con una sonrisa dulce como el almíbar.

Y aunque llovía a mares ella le abrazó separando el paraguas durante un instante, y él busco cobijo en sus besos. Sí, un largo beso bajo la lluvia, de esos que solo se ven en las peliculas de antaño en blanco y negro. Y yo ahí, en el coche tras el cristal, inmerso en aquella visión de caricias pasadas por agua.
Tras unos cruces de miradas y alguna que otra palabra ahogada los dos se fueron calle abajo abrazados el uno al otro bajo un solo paraguas mientras la luz verde del semáforo me sacaba de aquella pequeña visión y me devolvía a la rutina de mi viaje, entre aquel baile de viento y agua.

Y mientras seguía mi viaje pensé que tal vez no importe la lluvia cuando los besos son los que mojan la piel.

2 Comments:

Blogger Mara said...

Tendré que secar mis labios, mojados por la lluvia en que me hizo entrar tu relato y acercarme hasta besarte y felicitarte por este precioso post,.Eres un genio haciendo que nos metamos en las situaciones
Muak

9:25 p. m.  
Blogger Ronin, Er Padawan said...

Siempre he pensado, que un buen beso es la mejor medicina para el alma. Muy buen post, realmente te parece estar allí siendo testigo de la escena. :)

9:24 a. m.  

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